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Del Holland 1 al HMS Agamemnon: 125 años de evolución de la guerra submarina

9 minutes ago
8 min read

Por Rodrigo Faunes Correa.*

Cátedra de Estudios Navalesy Nauticos

Saint Michael Archangel International University


La llegada del HMS Agamemnon a la base naval de Clyde coincidió con el 125.º aniversario del nacimiento del Servicio de Submarinos de la Royal Navy. La comparación entre aquella pequeña nave experimental de 1901 y un submarino nuclear de la clase Astute ofrece una perspectiva privilegiada para comprender cuánto ha cambiado la guerra bajo el mar y, al mismo tiempo, cuáles de sus principios esenciales han permanecido vigentes.


El 2 de octubre de 2026, el HMS Agamemnon arribó por primera vez a HM Naval Base Clyde, en Escocia, instalación destinada a convertirse en su futura base de operaciones. Se trata del sexto submarino nuclear de ataque de la clase Astute de la Armada británica. La fecha poseía un evidente valor simbólico: de acuerdo con la Royal Navy, su llegada se produjo exactamente 125 años después del lanzamiento del Holland 1, primer submarino incorporado por la institución.

El acontecimiento invita a ir más allá de la simple descripción de una nueva unidad naval. Permite confrontar dos épocas separadas por un siglo y cuarto y observar la transformación del submarino: desde una tecnología experimental —recibida con desconfianza incluso dentro de la propia cultura naval británica— hasta uno de los medios más complejos y decisivos del poder marítimo contemporáneo.


1901: cuando combatir bajo el agua parecía impropio de una potencia naval

El Servicio de Submarinos de la Royal Navy tuvo su origen en 1901 con el Holland 1. Durante sus primeros años, Gran Bretaña encargó una pequeña flotilla basada en el diseño del inventor John Philip Holland y comenzó a formar a sus primeros oficiales submarinistas bajo la dirección del capitán Reginald Bacon.

Holland 1 fuente: BBC
Holland 1 fuente: BBC

La nueva arma no fue recibida con entusiasmo unánime. La propia Royal Navy recuerda que, en aquella época, algunos consideraban al submarino una forma de guerra «desleal» y contraria a las tradiciones navales británicas. Tal resistencia resulta comprensible si se considera que el poder marítimo del Reino Unido descansaba, hasta entonces, en grandes unidades de superficie, capaces de exhibir de manera visible su capacidad militar y su presencia imperial.


El submarino introducía una lógica radicalmente distinta. Su eficacia no dependía de mostrar la fuerza, sino de ocultarla; no buscaba imponerse mediante la presencia visible, sino aproximarse sin ser detectado, observar desde la profundidad y atacar desde una posición de incertidumbre para el adversario.


La utilidad militar de esta tecnología se hizo evidente con rapidez. Al comenzar la Primera Guerra Mundial, en 1914, el Servicio de Submarinos británico ya contaba con 168 oficiales y 1.250 marineros. La idea fundamental había llegado para quedarse: el control del océano no podía ejercerse únicamente desde su superficie.


2026: la llegada del HMS Agamemnon

Ciento veinticinco años después, la lógica esencial del submarino permanece, aunque los medios técnicos hayan cambiado de manera radical. El HMS Agamemnon es el sexto de los siete submarinos nucleares de ataque que integrarán la clase Astute. Cinco unidades HMS Astute, HMS Ambush, HMS Artful, HMS Audacious y HMS Anson ya se encuentran en servicio, mientras que el séptimo y último submarino, HMS Achilles, continúa en construcción. El Agamemnon, por su parte, todavía debe completar su programa de pruebas y preparación operacional antes de incorporarse plenamente a la flota.


Después de abandonar las instalaciones de Barrow-in-Furness, donde fue construido, el submarino inició una exigente etapa de pruebas de mar destinada a evaluar su maniobrabilidad, velocidad, seguridad y comportamiento general. En el curso de este proceso realizó también su primera inmersión, uno de los hitos más relevantes en la puesta en servicio de una unidad de estas características. Su comandante, John Gabb, explicó que las etapas posteriores de entrenamiento incluirían la participación de helicópteros Merlin en el papel de fuerzas adversarias. El propósito de estos ejercicios es someter progresivamente al submarino y a su dotación a escenarios cada vez más exigentes, cercanos a las condiciones que deberán afrontar durante una operación real.


Una plataforma de 97 metros capaz de permanecer bajo el océano


Los submarinos de la clase Astute poseen aproximadamente 97 metros de eslora y desplazan cerca de 7.400 toneladas. Gracias a su propulsión nuclear pueden alcanzar, según los antecedentes publicados por la Royal Navy, una velocidad aproximada de 30 nudos. Su autonomía propulsiva es, en términos prácticos, extraordinariamente extensa; la duración de sus navegaciones depende principalmente de las provisiones, el mantenimiento y las necesidades humanas de la tripulación. El reactor no solo impulsa la nave, sino que le permite permanecer sumergida durante periodos prolongados y producir a bordo oxígeno y agua potable. El Gobierno británico ha señalado, además, que la planta propulsora fue concebida para no requerir recarga de combustible nuclear durante la vida operacional prevista del submarino. La distancia que separa esta capacidad de la del Holland 1 representa una verdadera revolución estratégica. Los primeros submarinos eran unidades de alcance limitado, estrechamente vinculadas a las costas y dependientes de sus bases. Un submarino de la clase Astute, en cambio, puede sostener operaciones a escala oceánica y mantener su presencia durante largos periodos, sin revelar fácilmente su posición.


Del periscopio óptico al entorno digital

Uno de los cambios más visibles se encuentra en un elemento asociado culturalmente al submarino durante más de un siglo: el periscopio. La clase Astute fue la primera de la Royal Navy en prescindir del periscopio óptico tradicional y sustituirlo por mástiles electroópticos y sistemas de vídeo de alta resolución para observar la superficie. Sin embargo, la transformación es mucho más profunda que el reemplazo de un instrumento. Un submarino contemporáneo no interpreta el océano únicamente a partir de aquello que su comandante puede observar de manera directa. Su conocimiento de la situación depende de la integración de múltiples sensores y fuentes de información dentro de un sistema de mando y control capaz de elaborar una imagen táctica coherente. Entre sus equipos, la clase Astute utiliza el Sonar 2076, un conjunto que integra sensores activos y pasivos, incluidos arreglos instalados en el casco y sensores remolcados. El sistema de combate procesa datos procedentes tanto de medios internos como externos y los convierte en información útil para la toma de decisiones. Este desarrollo expresa uno de los principios centrales de la guerra naval moderna: detectar ya no significa simplemente ver al adversario, sino localizarlo, identificarlo y comprender su comportamiento antes de que este pueda hacer lo mismo.


Del combate naval al ataque de precisión en tierra.

Los primeros submarinos fueron concebidos, ante todo, para atacar buques enemigos. Los de la clase Astute conservan esa función, pero la combinan con un espectro de misiones considerablemente más amplio. Estas unidades pueden emplear torpedos pesados Spearfish contra submarinos y buques de superficie, así como misiles de crucero Tomahawk destinados a atacar objetivos terrestres situados a gran distancia. El Ministerio de Defensa británico atribuye también a la clase capacidades de guerra antisubmarina, ataque de precisión, obtención de inteligencia y protección de fuerzas navales, entre ellas los grupos de combate organizados en torno a portaaviones.


En consecuencia, el submarino contemporáneo ya no puede definirse únicamente como un cazador de buques. Es, al mismo tiempo, una plataforma de inteligencia, un nodo de sensores, un medio de ataque estratégico, un arma antisubmarina y un elemento de protección para otras unidades de la flota.


La principal arma continúa siendo la discreción

A pesar de la distancia tecnológica entre 1901 y 2026, existe una continuidad decisiva. Ni el reactor nuclear, ni el misil Tomahawk, ni el sonar más avanzado explican por sí solos el valor militar de un submarino. Su verdadera fortaleza continúa dependiendo de su capacidad para operar con discreción. La Royal Navy denomina tradicionalmente a su fuerza submarina Silent Service. Su lema, We Come Unseen ("Llegamos sin ser vistos"), sintetiza la naturaleza de su misión. Un submarino capaz de observar sin ser observado obliga al adversario a destinar cuantiosos recursos a la tarea de localizarlo: fragatas antisubmarinas, aeronaves de patrulla marítima, helicópteros, sonoboyas, otros submarinos y, cada vez con mayor frecuencia, sistemas autónomos.

Por esta razón, el valor estratégico del submarino puede manifestarse incluso antes de que utilice sus armas. La sola posibilidad de que se encuentre presente en un área determinada modifica los cálculos, despliegues y conductas del adversario. Su influencia deriva, en buena medida, de la incertidumbre que genera.


De la plataforma aislada a la guerra en red

El HMS Agamemnon representa también una transformación especialmente relevante para comprender el futuro de la guerra submarina. Durante buena parte del siglo XX, el submarino fue concebido como una plataforma altamente autónoma y relativamente aislada. Esa autonomía continúa siendo indispensable, sobre todo porque las comunicaciones bajo el agua siguen presentando importantes limitaciones. Sin embargo, el submarino actual forma parte de una arquitectura operacional mucho más amplia. Aeronaves de patrulla marítima, satélites, helicópteros, buques de superficie, redes de sensores acústicos y vehículos no tripulados pueden contribuir a construir una imagen compartida del entorno operacional. El submarino moderno actúa, por tanto, como un componente de una red de capacidades. La dificultad consiste en aprovechar esa conectividad sin comprometer la discreción que constituye su principal ventaja táctica. Esta tensión entre conexión y ocultamiento es uno de los problemas centrales de la guerra submarina contemporánea. Comunicar permite recibir y aportar información; hacerlo de manera inadecuada, en cambio, puede revelar la presencia o incluso la posición de la unidad.


El próximo salto: sistemas submarinos no tripulados

Mientras el Agamemnon representa la culminación de más de un siglo de desarrollo de los submarinos tripulados, la Royal Navy ya trabaja en la siguiente transformación. En 2022 impulsó el proyecto Cetus, concebido como un demostrador de gran vehículo submarino no tripulado, capaz de operar en cooperación con submarinos convencionales o de realizar ciertas misiones con un elevado grado de autonomía. La propia Armada británica comparó el posible impacto de esta tecnología con la revolución iniciada por el Holland 1. La analogía resulta significativa: así como el primer submarino obligó a reconsiderar la relación entre la superficie y la profundidad, los sistemas autónomos pueden modificar la distribución de tareas entre personas, plataformas tripuladas y algoritmos. La secuencia histórica podría sintetizarse del siguiente modo: del submarino convencional al nuclear; del submarino nuclear a la plataforma conectada; y de esta última a la cooperación con sistemas autónomos. Esto no implica que las tripulaciones vayan a desaparecer de los submarinos estratégicos o de ataque en el futuro inmediato. Sí indica que el espacio submarino estará ocupado por una combinación cada vez más compleja de medios tripulados y no tripulados.


La tecnología cambia, pero el problema estratégico permanece

El Holland 1 y el HMS Agamemnon parecen pertenecer a mundos completamente diferentes. El primero surgió cuando la aviación apenas iniciaba su desarrollo; el segundo opera en un entorno definido por satélites, inteligencia artificial, sensores digitales, armas guiadas y redes globales de información. No obstante, ambos responden a una misma pregunta estratégica: ¿cómo aprovechar la profundidad del océano para observar, aproximarse y actuar sin ser detectado? Esta continuidad explica por qué el submarino conserva un lugar tan singular dentro del poder naval. La superficie del océano puede vigilarse mediante radares, satélites y aeronaves; bajo ella, en cambio, la incertidumbre continúa siendo considerablemente mayor. Mientras esa incertidumbre persista, mantendrá su valor estratégico quien consiga escuchar primero, interpretar mejor el entorno y permanecer invisible durante más tiempo.


Ciento veinticinco años después

La llegada del HMS Agamemnon a Clyde constituye, por tanto, algo más que la incorporación gradual de una nueva unidad a la flota británica. Conmemora indirectamente una decisión adoptada en 1901, cuando la Royal Navy aceptó experimentar con una tecnología que todavía despertaba dudas y resistencias. El Holland 1 contribuyó a demostrar que el futuro de la guerra marítima también se encontraba bajo la superficie. El Agamemnon permite dimensionar hasta dónde ha llegado aquella intuición. A su vez, los sistemas submarinos autónomos actualmente en desarrollo sugieren que este proceso se encuentra lejos de concluir. Del periscopio óptico al sensor digital, del motor convencional al reactor nuclear y de la decisión exclusivamente humana a la futura cooperación entre tripulaciones y algoritmos, la guerra submarina continúa sometida a una regla que apenas ha cambiado en 125 años: bajo el mar, quien es descubierto primero suele quedar en desventaja.


Bibliografía.

https://www.royalnavy.mod.uk/news/2026/october/02/20261002-agamemnon-arrives-faslane?

https://www.royalnavy.mod.uk/equipment/submarine/astute-class?

https://www.gov.uk/government/publications/uk-royal-navy-submarines/types-of-uk-royal-navy-submarine?


*Rector de la STMAIU, Capitán DP (DGTM Chile), Ingeniero en Informática, Master en Ingeniería de Sistemas Electrónicos, Licenciado en Derecho, Analista Internacional y Vocal para Chile de la Delegación Internacional de la Real Liga Naval Española.

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